Travesía

A contracorrienteMateo 16, 21-27
Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía que ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá». Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino de los hombres». Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?  Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras».
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«Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos». Esta es una frase de Fernando Pessoa, poeta y escritor portugués. Lo que dice (al menos a mí) hace pensar en la propia vida y qué estamos haciendo con ella. Por supuesto que esto no es un momento para ver el sentido existencial personal, o sí, pero sin duda, a mi entender, habla del evangelio de este domingo.

Tenemos las palabras de Jesús, que declara su intención y lo que viene por delante en su vida. Al mismo tiempo, reprende duramente a Pedro que quiere impedir que Cristo tenga ese final. Tiene que haber sido un tanto duro el diálogo que tuvieron aquellos dos. Cada uno veía, hacia delante, con ojos diferentes. Después, nos encontramos con todo aquél desprendimiento del que nos habla Jesús. A tal punto de perder la vida por su causa. Cuestión que, probablemente, entendemos mucho más con el intelecto que con el corazón. Cosa que seguramente también le pasó a Pedro.

Creo que no hace falta mucha ciencia para darnos cuenta de que aquí, Jesús, nos pide un cambio. Pero más que pensar sólo en modificaciones de nuestras conductas, lo primero es aceptar que tiene que haber una reestructuración del pensamiento y del corazón, lo cual llevará a una mutación en nuestra manera de proceder. Y esto es lo que hace falta, si de verdad queremos seguir a Cristo. Aquí cabría una pregunta: ¿Por qué somos cristianos y en qué se nota? Hay muchas maneras de hacer ver que somos católicos, aunque tal vez, en más de una ocasión digamos, con el mismo Fernando Pessoa: «Nací en un tiempo en el que la mayoría de los jóvenes habían dejado de creer en Dios, por la misma razón que sus mayores habían creído en él — sin saber por qué».

Y siguiendo con el mismo escritor portugués, y la frase citada al principio, diríamos que se nos plantea una ruptura con todo lo que parece lógico. Si estoy cómodo y bien como estoy, para qué cambiar, aunque tal vez, seguir como estoy nos haga perder el vivir algo a lo cual estamos llamados. Y Jesús viene a decir lo mismo, si de verdad queremos ser de Dios. Rompe la lógica, la de Pedro y la de la humanidad en cualquier época. En la nuestra también. Cómo pensar en el fracaso de la muerte y la cruz. Eso es inaceptable para el apóstol, y no precisamente porque le costara perder a un amigo o porque fuera egoísta y no quisiera la salvación de la humanidad, sino porque así se caía toda posible gloria y triunfo. Siempre es mejor ser amigo del que hace milagros que del que está muerto en una cruz, el modo más humillante para cualquiera, por muy reo que sea.

Este es el cambio que Jesús pide, a Pedro y a nosotros. Si no lo aceptamos, entonces nada tenemos que ver con él, por muy bautizados que estemos. Un cambio que implica dejar de pensar con la lógica humana, para pasar a pensar con la ilógica de Dios. Por eso Pedro no lo entiende, porque para él, triunfar como Mesías era llegar a la Gloria, aquí, entre aquellos que criticaban al mismo Jesús. En cambio éste le dice que para al vida verdadera, para la Gloria (la de Dios) hace falta morir. Lo mismo nos dice a nosotros.

Todo debe arrancar, en esta nueva travesía con Cristo, con asimilar que nuestra vida debe ser una entrega total a los demás. Y en esto, por favor, no seamos cortos de miras y empecemos a poner cotos, pensando que, entonces, sólo los curas y las monjas son los que pueden, porque ellos, supuestamente, entregan la vida. Esto supone que, a lo mejor, hay que dejar algunas comodidades, en favor del amor al prójimo. Y cuando decimos amor, también podemos hablar de un total desapego, si es necesario, a todo lo que sólo implique las glorias personales. Entonces, todo acto egoísta debería desaparecer.

Cabe entonces hablar del sacrificio, que todos representamos con la cruz que nos toca llevar. Pero esto no puede ser entendido como la carga que te pone Dios en los hombros para probarte. Creo que eso está muy lejos de lo que es Dios y cómo obra. Porque pienso que si nos ama, jamás puede querer que suframos, para ver si así le damos gloria. Ese es un esquema espantoso y tiene que quedar atrás. Si cargo con mi cruz, si sufro, si me sacrifico, que sea porque elijo vivir desde el amor, desde el servicio, desde la entrega, como lo hizo Jesús. Es una elección, no una imposición caprichosa de Dios. Ahí está la lógica de Dios, que es ilógico, a veces, para nosotros: Elijo sacrificarme para que otro esté mejor, aún cuando la sociedad me dice que la carrera, caiga quien caiga, la tiene que ganar uno.

El mensaje, la propuesta de Jesús, cuando nos dice que hay que perder la vida por su causa, la del amor de Dios, es lo que hay que elegir. Decididamente, radicalmente, intentar llevar adelante, a pesar de nuestras limitaciones. Que se nos vaya la vida en el intento, ya vale. Porque así lo queremos, porque así lo elegimos. Es que son los actos de amor, los que hacen que seamos capaces de darlo todo, los que nos ganan el cielo. Eso tiene que estar muy claro. No vaya a ser que pensemos que por rezar bien ya estamos salvados.

«Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos», al margen de Dios y de la felicidad que nos ofrece. Cuanto más seamos del Señor, más sabremos amar al hermano y para eso hace falta abandonar las ropas usadas y los caminos que siempre nos llevan al mismo destino egoísta. Entonces hay que elegir la ilógica de cruz de Jesús o la lógica humana que cree que puede salvar su propia vida, sin el amor de Dios.

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