Carlomagno

Carlomagno

Lucas 14, 1. 7-14
Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola:
«Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: «Déjale el sitio», y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar.
Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: «Amigo, acércate más», y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado».
Después dijo al que lo había invitado: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa.
Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos.
¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!»
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«Cuando la imprenta aún no existía, el emperador Carlomagno formó amplios equipos de copistas, que en Aquisgrán crearon la mejor biblioteca de Europa. Carlomagno, que tanto ayudó a leer, no sabía leer. Y analfabeto murió, a principios del año 814.»

Este pequeño relato que, bien contado por Eduardo Galeano, refleja un fragmento de la historia, y tal vez nos pueda servir como punto de apoyo para reflexionar acerca del evangelio.

Si bien la palabra de Dios es una fuente inagotable, me atrevo a acotar la de este domingo en dos puntos. Uno es el hecho de los primeros y últimos puestos, donde Jesús aconseja no buscar los primeros lugares, dando más valor a aquél que se humilla, porque será enaltecido. Y el segundo tema a tener en cuenta es la invitación a comer que hay que hacer a los pobres, lisiados y paralíticos, porque éstos no podrán devolver el favor.

Si nos centramos en lo primero, bien podemos pensar que aquí se nos da un buen consejo de relaciones públicas. Es casi una estrategia para quedar bien con los demás. Pero, más allá de una buena recomendación, me parece que la intención de Cristo no es dar una simple orientación de buenos modales. Él quiere que entendamos que no es propio de los hijos de Dios el ir buscando el primer puesto, por el lugar en sí mismo, que puede entenderse como privilegio y vanagloria terrenal. En cambio sí desea que tengamos un lugar de privilegio en el cielo, lo cual sólo se consigue a través de la humildad, la que aparentemente se encuentra en los últimos sitios.

Entonces, es oportuno aclarar qué entendemos por humildad. Y empezamos diciendo que no significa desprecio de sí mismo, ni tampoco es una visión negativa de la propia persona, donde no hay nada bueno en ella, y ni siquiera lo podemos igualar con la pusilanimidad. En cambio sí es reconocer, con sinceridad, lo que se es. Con virtudes y defectos. Es lo que santa Teresa decía: Humildad es andar en verdad, y eso es saber aceptar qué y quiénes somos. Sin exagerar las limitaciones y sin empequeñecer los valores propios.

El verdadero humilde no se preocupa de serlo. Lo es y vive y actúa con normalidad, aceptando su ser por completo. El auténtico, como Jesús, ese es humilde. Tal vez sí, sabiendo que hay que rechazar la soberbia, la vanagloria, la altivez, la arrogancia, el orgullo.

Cabe aclarar que Cristo no pide que seamos mediocres. Al contrario, quiere que seamos los primeros, pero los mejores según los valores del reino. Y eso implica que también se sea, como consecuencia, el mejor como hijo, como padre, como profesional, porque lo bueno de Dios lo tenemos en nuestras vida al servicio de las personas.

Desde lo que somos, podemos cambiar el mundo...
Desde lo que somos, podemos cambiar el mundo…

Ahora sí que retomo lo citado al principio. Y me parece bueno poder citar aquél ejemplo, para poner en evidencia el gesto de aquél Rey y Emperador. Él supo aceptar su limitación, pero más allá de lamentarse y sólo despertar compasión, o esconder su casi analfabetismo, pugnó por un renacimiento de la cultura y una mayor educación. Así, muchos podían decir que sabían más que el Rey, pero eso no importó. Él sabía quién era y qué tenía que hacer. No voy a detenerme en analizar la humildad de Carlomagno, pero sí me parece que es un gesto desde lo humilde. El que no tenía formación, quería que los demás la tuvieran.

Y si avanzamos al segundo punto de reflexión, creo que el evangelio nos propone un cambio en nuestras relaciones humanas. Quiere que nos sentemos en la mesa, a la misma altura, de los que tienen menos o son excluidos. Y esto va muy unido a todo lo anterior. Es como un actitud nueva ante la vida, donde se reconoce la grandeza, lo bueno, lo valioso de los que están «por debajo», los pobres, los que parece que no tienen oportunidades.

El mundo nos impone que tenemos que preocuparnos de estar y quedar bien con los que están arriba. Con ellos parece que hay que tener buenos modales y sonrisas a flor de boca. ¿Y qué pasa con los que visten y huelen mal porque no tienen ni siquiera dónde ducharse? ¿Cómo es el trato que le damos a los que vemos tirados en la calle, o vienen a pedirnos una moneda? Y esto no quiere decir que nos tenemos que volver andrajosos para estar a la altura de ellos, sino ayudar, proveer, según nuestras posibilidades, lo que tengamos para que ellos salgan de donde están, para que estén mejor y con mayor dignidad.

Si un Rey supo tomar una decisión desde su limitación, para bien de todos, nosotros también podemos, desde el amor de Dios en nosotros, hacer que este mundo, que esta sociedad, cambie.




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Eduardo Rodriguez