Dios salvaMateo 14, 22-33
Después de la multiplicación de los panes, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy Yo; no teman». Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres Tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua». «Ven», le dijo Jesús. y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? » En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Él, diciendo: «Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios».
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Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.

Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: Había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón.

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito, que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

—Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima —dijo.

—¿Y anda bien? —le pregunté.

—Atrasa un poco —reconoció.

Este es un cuento de Eduardo Galeano, titulado «Celebración de la fantasía, de su obra «El libro de los abrazos». Es una historia que se puede leer desde muchos ángulos y con variadas fantasías que surgen de imaginar lo que hay detrás del cuento. Al menos podemos coincidir en que el relato es tan tierno como verosímil. Y me recordó a Pedro, o al revés, el apóstol trajo a mi memoria al niño del reloj dibujado en su muñeca.

Lo primero que podemos rescatar de este evangelio es la necesidad que tiene Jesús de apartarse y buscar un lugar para orar. Es bueno tenerla en cuenta esta imagen, ya que vemos cómo se aparta para acercarse a lo divino. Necesita intimidad con el Padre y no duda en obligar a los discípulos que lo dejen solo. El Hijo de Dios necesita orar. ¿Nosotros también lo buscamos, lo necesitamos? ¿A cuántos hemos echado fuera, o qué hemos dejado de lado con tal de encontrarnos a solas con Dios? ¿Nos conformamos, es suficiente, con alguna oración que decimos de memoria, casi medio dormidos o mientras pensamos en otros problemas que tenemos? A veces me digo: Si Jesús era Dios y necesitaba orar, entonces, qué me queda para mí.

La otra parte del Evangelio que llama mucho la atención es que Jesús camina sobre las aguas y que Pedro también pudo hacerlo hasta que el miedo y la duda se apoderaron de él. Esto, desde la humana lógica-comprensión-del-mundo no se termina de entender. Hace falta acudir a lo sobrenatural y al poder divino de Jesús para asimilar lo sucedido. Si hoy viéramos a alguien caminar sobre las aguas, seguramente nos sentiríamos igual de desconcertados que aquél grupo de discípulos que, además, se veían asediados por la violencia del viento y de las olas.

Esta manifestación de la divinidad de Cristo la podemos entender. Y se me ocurre que hay dos caminos posibles después de leer el relato: Nos quedamos con este gran portento como algo para contar y recordar, porque es un hecho del Dios todopoderoso en el que creemos, pensamos qué nos está diciendo a nosotros, tal vez lo mismo que les dijo y enseñó a los discípulos, especialmente a Pedro.

Claro que es mucho más fácil creer y entender que un niño esté convencido de que lo que tiene dibujado en su muñeca es un reloj de verdad, a tal punto de que el pequeño ve que está fallando y que no le da la hora con exactitud. Pero me gustaría partir de esta escena del cuento porque, salvando las distancias, es lo que le pasa a Pedro después de que ve y acepta que lo que anda sobre las aguas no es ningún fantasma, sino el mismo Jesús. Y éste le dice «Ven» y aquél pescador se lanza sin más. Está seguro de poder caminar sobre el mar turbulento y lo hace. No entra en disquisiciones, de si la física y la ley de Arquímedes se lo van a impedir. Solamente deja la barca y camina. Jesús se lo dijo y así sucedió.

En nuestra realidad, aunque sin barca ni mar enfurecido, nos pasa algo parecido. Creemos en Dios, seguimos a Cristo y nos vemos envueltos en más de una dificultad. Tenemos miedo y pensamos que no salimos vivos. Y caemos en la cuenta de que Dios está ahí, que no se fue ni se olvidó de nosotros y que, desde lejos, nos pide que sigamos adelante. Y lo hacemos, en un primer impulso fervoroso, pero en más de una ocasión, al igual que Pedro, quitamos la mirada puesta en Jesús y le prestamos más atención al viento y a la furia de las olas, nuestros problemas, y nos convencemos de que éstos pueden más que Dios. Y nos hundimos. Nos gana la desesperanza, a veces a tal punto que ni siquiera vemos la mano extendida de Jesucristo que nos está diciendo: ¿Por qué dudaste?

Y sin dejar de lado los problemas que nos abruman y de que Dios siempre está para ayudarnos a salir de ellos, hay algo más profundo y trascendente. Jesús quiere, y por eso nos llama, que seamos capaces de caminar sobre las aguas, es decir, que participemos de su divinidad. Y es a lo que estamos llamados todos. Y, por favor, no pensemos que eso sólo significa que haya algún milagro en nuestras vidas. Esto significa que nuestra existencia , toda, tiene que ser divina, de Dios. Y puede serlo ya, ahora, si aceptamos que él esté en nosotros. Es pensar, vivir convencidos de que ya tenemos el reloj y no sólo un dibujo. No es esperar que algún día lo tendré. Depende de nosotros y si creemos firmemente que, con solo escuchar “Ven”, podremos caminar sobre las aguas del mar.

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