Palabras robadas

El cielo para quien sabe compartir...
El cielo es para quien sabe compartir…

El evangelio de hoy plantea y cuestiona las prioridades que tenemos en la vida. Esto me llevó el pensamiento a una película titulada «The Words», lo que se tradujo como «El ladrón de palabras» o «Palabras robadas». La historia cuenta acerca de un escritor que quiere triunfar, y lo logra publicando una novela extraordinaria. Rory, el autor, se convierte de la noche a la mañana en una estrella de las letras. El joven literato, con carisma, inteligente y talentoso, parece tenerlo todo: Una maravillosa vida, una mujer afectuosa y el mundo a sus pies. Y todo gracias a las palabras.

Este domingo, nos volvemos a encontrar con una parábola contada por Jesús, con la intención de poner luz sobre el problema de la herencia, no compartida, entre dos hermanos. Nos deja bien claro que de nada sirve acumular riquezas en la tierra y no hacerlo en el cielo.

Podemos decir que, en teoría, sabemos acerca del comportamiento que debemos tener como cristianos, con respecto los bienes materiales. Especialmente hay que considerar que nuestra vida no vale sólo por lo que podamos contar en nuestra arcas. Hay razones que trascienden todo nuestro mundo y por las cuales –decimos– merece la pena desgastarnos. Perder la vida. Pero: ¿Cómo nos comportamos en el día a día?

Alguien alguna vez me dijo: Padre, el dinero no es la felicidad, pero no vea cómo ayuda. El debate queda abierto, aunque el punto clave me parece que está en lo que entendemos por felicidad. Y para no irnos del tema planteado por el Evangelio, simplemente pongo delante la cuestión de las herencias. Hoy seguimos teniendo, muchos cristianos, quienes se pelean, se odian, se desean la muerte, a raíz de los derechos que creen tener sobre algunos bienes. La parábola que hoy Cristo presenta la entendemos, pero sin embargo sigue existiendo una avaricia desmedida, la cual incluso deja a algunos sin comer.

Volviendo a la película que les cité al principio, aquél escritor, de repente logra la fama publicando, con su nombre, una novela que no fue escrita por él. Es capaz de arriesgar todo con tal de poder obtener un reconocimiento. Su ambición y sus elecciones morales se ven cuestionadas cuando se presenta el verdadero autor del libro. Sus mundos, externo e interno, se desmoronan. ¿Merecía la pena mentir con tal de ganar aquello que parecía que nunca iba a llegar?

Y como este, hay muchos casos que no están lejos de nuestra realidad. ¿Cuántas decisiones hemos tomado priorizando, casi de forma exclusiva, la riqueza material o los beneficios económicos? ¿Por qué muchos matrimonios se desarman cuando hay problemas económicos serios? Y por supuesto que no podemos pretender vivir como ángeles en un mundo que se mueve en el orden material y, especialmente, en términos monetarios. Pero cabe preguntarse si sólo nos basta, para vivir, estar sujetos a la buena administración y economía.

Aquí también deberíamos pensar acerca de las cosas que somos capaces de hacer, con tal de poder lograr lo que entendemos por felicidad en esta tierra. Este, me parece, es el mensaje que Jesús quiere transmitir. Quiere que veamos más allá de lo que podemos contar en bienes. Nos está diciendo que estamos llamados a una vida que trasciende lo que somos en este mundo. Y para reflexionar sobre este punto, cabe que nos preguntemos: ¿Qué valores y prioridades tenemos en la vida? ¿De verdad creemos que nada vale tanto como hacer lo que Dios quiere y ganarnos el cielo?

Creo que merece la pena acentuar lo positivo, para que eso que Jesús condena hoy: La avaricia, le necedad, la insensatez, disminuyan y surja lo bueno que el Señor quiere de nosotros. Entonces diría que nuestra preocupación y nuestro esfuerzo deberían estar centrados en procurar vivir, con profundidad, valores como: La familia, el amor, la fraternidad, el compartir, el desprendimiento, la solidaridad, la generosidad, la humildad, la sencillez.

Es posible que nuestra sociedad haga suyo estos valores. La clave está en que empecemos a vivirlos. Esa es la mejor opción de vida que no sólo a los pares, sino también a los hijos, les enseñará que el cielo se gana con el amor generoso y no con un puño cerrado y mezquino. Avaro es aquél que acumula riquezas y no las comparte. Y, con seguridad, ese no va al cielo. En aquél film tenemos a uno que hizo suya una historia, una vida que no le pertenecía. Y es posible que la codicia y la avaricia roben vidas, y no sólo palabras.

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