Inspirados

Reino de Dios

Ciclo B – Domingo XI Tiempo Ordinario

Marcos 4, 26-34
Jesús decía a sus discípulos: «El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha».
También decía: «¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra». Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba, sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.
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Yo no creo, contrariamente a la teoría de Edgar Allan Poe, que el arte, la operación de escribir, sea una operación intelectual. Yo creo que es mejor que el escritor intervenga lo menos posible en su obra. 

Esto puede parecer asombroso; sin embargo, no lo es, en todo caso se trata curiosamente de la doctrina clásica. Lo vemos en la primera línea de la Iliada de Homero. Homero, o los griegos que llamamos Homero, sabía, sabían, que el poeta no es el cantor, que el poeta (el prosista, da lo mismo) es simplemente el amanuense de algo que ignora y que en su mitología se llamaba la Musa. En cambio los hebreos prefirieron hablar del espíritu, y nuestra psicología contemporánea, que no adolece de excesiva belleza, de la subconsciencia, el inconsciente colectivo, o algo así. 

Pero en fin, lo importante es el hecho de que el escritor es un amanuense, él recibe algo y trata de comunicarlo, lo que recibe no son exactamente ciertas palabras en un cierto orden, como querían los hebreos, que pensaban que cada sílaba del texto había sido prefijada. No, nosotros creemos en algo mucho más vago que eso, pero en cualquier caso en recibir algo.

Este texto de Jorge Luis Borges (hoy, 14 de junio, es el aniversario de su fallecimiento) es una extracción de una charla que tuvo con estudiantes, titulada: «Reflexiones sobre el cuento», publicada, posteriormente a la muerte del escritor argentino, en el diario español, «La Vanguardia», en 1987. Y en la introducción nos deja este pensamiento acerca de la función del escritor: Ser un amanuense, uno que copia (a mano) lo que le dictan. Y junto al Evangelio de este domingo, nos puede valer para pensar lo que Jesús nos propone en la parábola del Reino de Dios y la semilla sembrada.

La explicación que nos da la Palabra de Dios es fácil y comprensible para todos y seguramente cualquiera podría comentar el texto sin dificultad. Sin embargo, si nos preguntamos qué es el Reino de Dios, aunque lo podamos ejemplificarlo con la semilla: ¿Qué o cómo lo definiríamos exactamente? ¿Es un ámbito, es el cielo, es una idea, o es un concepto? Tal vez lo asociemos al tan ansiado paraíso, donde todos deseamos ir, para estar junto a Dios, pero aún así, sin negar esa realidad, creo que podemos decir que no sólo se circunscribe al cielo, ya que el mismo Cristo nos dijo: «El Reino de Dios está entre ustedes» (Lc 17, 21). Luego vemos que escapa a un lugar concreto y único, y podríamos decir también que es una forma de Gracia de Dios en nosotros, o el reinado de Dios en todas las cosas.

No podemos quedarnos con una definición acotada, o circunscribirlo a una única forma religiosa o a una forma externa de vida. El Reino de Dios es una realidad divina y humana al mismo tiempo. Es Dios en nosotros. Y eso es lo que Jesús quiere hacernos entender con sus parábolas. Y si lo asociamos a una semilla capaz de germinar, crecer y dar fruto, entonces, tendremos que pensar que será necesario ser tierra receptiva, capaz de albergar esa simiente, para que ella pueda desarrollarse.

Podemos saber acerca de este Reino, de esta semilla, y conocer acerca de la vida que lleva encerrada dentro, pero no servirá de nada si nunca la hacemos nuestra, para que desde lo profundo de nuestro ser surja una vida totalmente distinta, nueva, capaz de dar vida a otros. Por lo tanto, tendremos que ocuparnos de cuidarla y alimentarla, para que crezca. Y dejarla crecer y fructificar según es la semilla, según es el Reino de Dios, como dejamos crecer a las plantas según ellas son. A nadie se le ocurre, por ejemplo, dar directivas a una hortaliza para decirle cómo tiene que desarrollarse.

Aquí, entonces, es cuando vuelvo a traer a Borges y lo que dice acerca del escritor. Aquél se refiere a éste como el que escribe lo que le dicen, inspirado por la musa, el espíritu, pero no al revés. No es el amanuense el que ejerce su intelecto para inspirar al Espíritu. Y lo mismo pasa con el Reino de Dios, si dejamos que este habite en nosotros. Podríamos ser, por qué no, los escribientes de Dios, aunque ignoremos una precisa definición del Reino, pero sí dejar que el Señor crezca y actúe y nos haga escribir su obra.

Nos tocará, por tanto, hacer un proceso. No viene todo dado de una vez y en un solo acto, como no nace, crece y da frutos una planta, en un solo movimiento. Hay que dejar que el Reino se asiente en nuestro corazón, y darle lo necesario para que este crezca, es decir, alimentarnos con aquello que hace que crezca Dios, el bien, el amor, en nosotros y poco a poco, sin casi darnos cuenta irá creciendo una nueva vida, la divina, que luego dará frutos. Y es en este último acto cuando nos daremos cuenta que de verdad nos habita Dios.

Esa nueva vida, el Reino, Dios en nosotros, nos irá dictando, indicando, qué debemos escribir con nuestros actos. Y estoy seguro de que tiene que ver con los actos de amor. Esos son los frutos que darán evidencia de que el Reino de Dios ha llegado a nosotros.

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