El Greco

Curacón del ciego, de El Greco
Curacón del ciego, de El Greco

Ciclo B – Domingo XXX Tiempo Ordinario

Marcos 10, 46-52
Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! » Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí! » Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama». Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia El. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti? » Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.
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Si me refiero a Doménikos Theotokópoulos, probablemente no muchos caigamos en la cuenta de quién estamos hablando, aunque tal vez sí nos dice mucho más el escuchar hablar de una pintura de “El Greco”, pintor del final del Renacimiento (entre el siglo XVI y el XVII). Este excepcional artista, nos dejó plasmado un pasaje de la vida de Jesús: La curación del ciego. Y es lo que me detuve a mirar pensando en el evangelio de este domingo. Apenas si entiendo algo de arte y de pintura, pero sí me atrevo a decir que la escena, al menos desde lo que me suscita interiormente, refleja con bastante acierto lo que Marcos en su evangelio nos quiso dejar por escrito.

Tenemos al grupo de discípulos que rodean a Jesús y que, en principio, impiden que el ciego llegue hasta Cristo. Concretamente le dicen que se calle, que no moleste al maestro con sus gritos. Sin embargo, como sabemos, aquél hombre, Bartimeo, no se da por vencido y logra que el Maestro le quite la ceguera. Parece uno más de los muchos milagros que hizo el Hijo de Dios, pero este tiene unas particularidades que no tienen otros, como dar a conocer el nombre del ciego.

Es verdad que lo primero que podemos resaltar es que Jesús alaba la fe de Bartimeo, necesaria para ser curado. Es el punto de arranque, lo cual ya debería hacernos pensar en la fe propia. Nosotros también le pedimos muchas cosas a Dios, a veces las obtenemos y otras no. ¿Tendrá que ver la fe que ponemos o tenemos para recibir una Gracias del Señor? ¿Creemos, estamos convencidos de verdad, que Dios lo puede hacer?

Por otro lado, y antes de pasar a la acción propia de Jesús, podemos poner la mirada en la actuación de los discípulos. Aquí es donde creo que El Greco se luce mucho. En la pintura podemos ver distintas posturas y expresiones de quienes acompañaban a Cristo. Algunos parecen reflejar indignación, otros una cierta apatía, unos pocos parecen estar murmurando acerca de lo que está sucediendo, uno parece sorprendido, otro en una clara actitud de ayuda al ciego, uno con aire de cierto desprecio hacia lo que ve. Y tal vez no fue esa la reacción de quienes rodeaban al Nazareno, pero la pintura sí parece enseñar lo que encierran las palabras del evangelista Marcos: «Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!»

Reprenderlo es signo de rechazo, parece percibirse la molestia y la pesadez que se siente cuando alguien, en este caso un ciego, hace saber a gritos que necesita algo. Y hoy en día no sé si reaccionaríamos de igual modo que aquellos. Más aún si fuéramos nosotros los que acompañamos a Jesús. Eso me hace acordar a muchos fieles laicos que rodean a sus pastores y se convierten en custodios del mismo y regulan quién puede y quién no puede acercarse al cura y hablarle o pedirle algo. Y claro que está bien acompañar y cuidar a un sacerdote, pero volverse el filtro de visitas es otra cosa. Y, en esto también me atrevo a decir que a veces a los curas nos gusta esta “barrera” y la fomentamos y entonces son los laicos los que se ven obligados a dar excusas con tal de no molestar al sacerdote. Habrá que buscar el equilibrio, pero no podemos negar que los consagrados estamos para eso, para servir a los que vienen gritando necesidad y a eso hay que responder. No podemos vivir al resguardo de la sacristía o de nuestras muchas ocupaciones.

Lo siguiente es fijarnos en Jesús. Vemos en la pintura a un Cristo compasivo, que toma de la mano al ciego, y está tocando sus ojos, con delicadeza, sin apuros, en un gesto simple, sin enfado, sin reflejar malestar, totalmente apartado del resto de los que sí veían inconvenientes para que esta curación tenga lugar. Y creo que justamente Jesús es lo que quiere enseñarnos, el modo de atender a quien nos pide algo. Y aquí ampliamos las miras, porque no podemos quedarnos sólo en ciego. Cabe que nos preguntemos si nosotros respondemos de igual modo cuando alguien nos pide algo. Deberíamos revisar el modo en el que nos comportamos. Y tal vez veamos que realmente nuestros gestos se parecen mucho a los de Cristo y eso será una alegría y una gracias. Pero también puede suceder que nos parezcamos poco al Maestro y que, en más de una ocasión, nuestra respuesta, ante la petición e insistencia de alguien, esté más cerca a la imagen que se refleja de los discípulos.

Puede ser que no tengamos tiempo para atender a nadie. Somos personas tan ocupadas que no podemos detenernos ante las minucias de problemas que tienen los demás. Por otro lado es probable que, en ocasiones, sintamos molestia o hasta enfado, por lo pesados que pueden ser algunos al pedir. Tal vez porque encontramos que los demás son muy demandantes, según nuestro criterio. También puede suceder que creamos que de los problemas y necesidades de los demás, más aún en lo relativo a dificultades materiales, se tienen que ocupar otros o algunas instituciones, para eso pagamos los impuestos y damos limosna. Y en todo esto, no podemos quedarnos sólo con “los molestos” de la calle que piden, sino también debemos incluir a “los molestos” que tenemos en casa que se atreven a pedirnos algo. La pregunta es: ¿Cuál es mi actitud, mi respuesta y mi forma de tratar al que me necesita?

Y, después de pensar y reflexionar sobre este evangelio, añadiendo lo que El Greco nos dejó en su pintura, lo que se me ocurre pedirle a Dios es que nos ayude a responder y atender, a los que nos necesitan, del modo más parecido al suyo, deteniéndonos, ocupando tiempo y atención sobre el necesitado. Aunque tal vez lo más urgente, a mi modo de entender la Palabra de Dios, es que nosotros recobremos la vista, para poder ver y reconocer las carencias de aquellos que están con nosotros o pasan a nuestro lado. Porque mientras tengamos la vista de aquellos apóstoles, difícilmente podamos pensar en hacer un alto en el camino para atender a la demanda de cualquiera, ya que siempre veremos primero el propio interés y no el del prójimo.

Eduardo Rodriguez