Protección

Juan 19, 25-27

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.» Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

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Sin duda es un día especial, no sólo por ser domingo y celebrar la Eucaristía, sino porque tenemos presente a la Virgen de Luján. Es para nosotros, los argentinos, tan importante que hemos reemplazado la liturgia dominical por la de nuestra señora. Bien podríamos decir, celebramos el día de la madre. De hecho, en la lectura del evangelio, una de las cosas que podemos deducir, a primera vista, es la maternidad de María, no solamente madre de Jesús, sino de toda la humanidad, representada en la persona de Juan. Es decir, nos hemos colado muy, muy bien. Doctores tiene la santa madre Iglesia que lo han sabido explicar.

¿Qué nos dice a nosotros? Tal vez, nos emocione, tranquilice, complete, alegre, renueve la esperanza y nos haga dar las gracias a Jesús por semejante regalo. A otros, les dará lo mismo. Tener o tenerla como madre no les quita ni les pone. Aquí pueden estar, en principio, todos los que no profesan nuestra fe. Pero también me atrevo a decir que hay muchos cristianos que saben de esta maternidad celestial, aunque no tienen mayor interés en estos asuntos. De hecho, según el Anuario Pontificio 2011, el número de católicos en el mundo en el año 2009, último contabilizado, era de 1.181 millones. Yo diría que ese es el total de bautizados. ¿Cuántos profesan realmente? Esta puede ser una respuesta muy subjetiva, porque algunos con hacer un poquito, una misa al mes, por ejemplo, entienden que son practicantes. Otros, de misa diaria, creen que hacen muy poco. Y, por cierto, no sólo podemos tener en cuenta la asistencia a misa para decir que somos practicantes. No todos esos contabilizados viven a pleno la filiación mariana. ¿Qué hacer entonces?

Siempre es bueno poder ayudar a otros a descubrir a María como madre nuestra. Y nuestra mayor preocupación tendrá que centrarse en algunos aspectos que podemos resaltar del evangelio de hoy.

He ahí a tu madre

Aquí Jesús quiere suscitar en nosotros una actitud de amor y confianza en María. Es algo simple, pero profundo, porque siempre es más fácil poder confiar en una madre antes que, por ejemplo, en una superiora, o encargada. No es lo mismo decir: Rezale a la encargada de llevar tus pedidos al Señor, que decir pídeselo a tu madre María, que ella intercede y lo consigue. Entonces, bien podemos decir que el mayor desafío está en descubrir, en las palabras de Jesús, la invitación a aceptarla como Madre auténtica y, por lo tanto, comportarnos como verdaderos hijos de semejante Madre.

El discípulo la recibió en su casa

Ella pasó a ser parte integrante de los dones, bienes, y demás regalos que obtuvo Juan de parte de Jesús que, por amor a su discípulo, le entregó. Pero no la recibe como una

cosa más que se acepta y se guarda, sino con un cuidado especial. En este momento, podemos pensar en nuestras vidas. Nosotros recibimos muchos regalos, pero algunos tienen una significado especial, y por lo tanto los cuidamos y tratamos con especial cariño. Por ejemplo, si una madre recibe un cuadrito hecho por su hijo de diez años, lo agradecerá infinitamente y lo pondrá en un lugar privilegiado de la casa para que se vea. Nunca le dirá a su hijo: Ah, no, yo esperaba una cartera de Louis Vuitton. Hay una unión, no sólo con el objeto, sino también con la persona que nos hizo el regalo. Existe una comunión. Entonces, del mismo modo, también tenemos que recibirla en casa, como un don, y mantener una especial comunión con su persona. Es la intimidad del hijo con su madre lo que marca la diferencia. ¿Cuán unidos estamos a María?

Voluntad de Jesús

Por último, creo que es bueno destacar la acción de Jesús. Es él quien tiene la iniciativa. Hoy, el ofrecimiento sigue tan vigente como en aquél momento. Depende de nosotros el aceptarlo o no. No es una iniciativa, o capricho, de la Iglesia, darle esta dimensión de maternidad eclesial a la Virgen María. De hecho, recién a partir del Concilio Vaticano II es cuando se reconoce, en Lumen Gentium, a María como madre de la Iglesia. Pero esto no es un invento nuevo. Es un reconocimiento de algo presente, desde toda la historia de salvación. Es el mismo Dios que decide y quiere hacernos hijos de María.

Bien, hemos recorrido y afirmado muchas, al menos tres ideas. ¿Y nuestra Virgen de Luján? Sabemos la historia de las carretas que no avanzaban mientras la imagen de la Virgen estaba sobre ellas. Entendimos que María se quería quedar allí. Se inició el culto. ¿Para qué? Una vez más, este evangelio se hace realidad. Es hoy cuando Jesús, en la advocación de la Virgen de Luján, nos vuelve a encargar a María, y a ella nosotros. Es un buen momento para aceptar y compartir este don de parte de Dios.

¿Qué nos confía? Nos confía un tesoro que, haciendo un pequeño parangón, es confiarnos la vida misma. Porque en la figura de María, bien podremos decir que tenemos que cuidar a nuestras madres, a las mujeres, a los más débiles, a los niños por nacer. Es necesario que, eso mismo que cuidamos, eso mismo vivamos. Sabemos de de las virtudes de la Virgen. Sabemos, entonces, cómo debemos vivir nuestra vida cristiana. Que es vivir la vida: honestamente, en verdad, con generosidad, con entrega, siendo humildes, apostando por la vida, incluso cuando los de fuera dicen que es mejor desembarazarse de algunos problemas. Es el modo en que vivió María. Tendrá que ser el nuestro. El mejor modo de agradecer a Dios semejante regalo.

Hoy Jesús nos dice: Ahí tienes a tu madre, ahí tienes a tus hijos.

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