Táctil

Marcos 14, 12-16. 22-26
El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?»
Él envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: «¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?» Él les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario.»
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen, esto es mi Cuerpo.» Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.»

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Es curioso ver cómo, algunas cosas, si son nombradas en otros idiomas, parecen más importantes. Por ejemplo, no es lo mismo decir que fuimos a ver a Roger Waters, que contarle a los demás que vimos el concierto de Rogelio Aguas. Es más fácil decir Gillette que Hoja de afeitar, es mejor poner un cartel que diga SALE, antes que uno que diga REBAJAS. Mejor es decir que tenemos un teléfono Touch, que referirnos a uno Táctil. Y, aunque lo táctil, con la revolución tecnológica que vivimos, parece lo más nuevo que existe, poniendo todo al alcance de un toque con el dedo, me atrevo a decir que en tiempos de Jesús ya existía, lo touch…, bueno, lo táctil, como algo de todos los días. De hecho, ante los enfermos, como un leproso, la ley mandaba que no se lo toque –Don’t touch–, para no quedar impuros. Sin embargo, Jesús hace todo lo contrario. Y se decanta, casi un cien por cien, por lo táctil, por el tacto. Es el mejor medio para hacer saber quién es él.

Y si ponemos la mirada en los sentidos, vemos que el tacto es uno de los que parece poco importante. Más peso tiene, por ejemplo, el de la vista, aunque el primero no deja de ser un canal de comunicación, ya que nos da el poder sentir y saber del otro. Y el evangelio de Marcos es uno de los que evidencia, con mucha fuerza, a un Jesús que genera vida. Y lo hace a través de los sentidos, especialmente el tacto. Toca a los enfermos, los agarra de la mano, los levanta, los bendice, y de este modo los cura, los libera, o les devuelve la dignidad. Es un modo claro y evidente de cómo Dios extiende su mano para sanar y purificar a todo aquél que lo necesita. Y nosotros también queremos que nos cure, como hizo el Nazareno en aquél tiempo. De hecho, siempre estamos a la caza de cualquiera que se arrogue el título de sanador, más aún cuando tenemos alguna dolencia importante. Pareciera que echamos en falta al Jesús de los milagros, el de las curas fantásticas, que hasta es capaz de limpiar la lepra con un solo gesto: extender la mano y tocar al enfermo. Será por eso que, ante esta aparente ausencia física del Cristo sanador, tienen tanto éxito las pseudo iglesias que ofrecen una cura tan rápida como costosa.

Y hoy, que celebramos el Corpus Christi, seguimos en la misma sintonía de lo que el evangelista Marcos resaltó a lo largo de todo el evangelio: El mismo Dios que sigue presente y vivo, en cuerpo y sangre, en pan y vino, sigue extendiendo su mano para curarnos. Tenemos una ventaja: en el tiempo de lo táctil, nos va a resultar mucho más fácil entender cómo puede actuar esta presencia real de Dios entre nosotros: La Eucarisstía.

Hemos recordado el pasaje de la última cena, donde Cristo dice a sus apóstoles que el pan es su cuerpo y el vino su sangre, entregados para nuestra salvación. Eso nos pone ante una realidad que requiere un acto de fe de nuestra parte: Creer que es Dios lo que tenemos delante. Un acto de fe no menos importante que el de aquellos desvalidos del tiempo de Jesús que, cuando estaban delante del Mesías, no dudaban de que él los podía sanar. Entonces, nos podemos preguntar: ¿De verdad estamos convencidos de que en el pan y el vino está Jesús en cuerpo y sangre? Parece que fuera una pregunta sin mucho sentido, pero ciertamente es por donde tenemos que empezar, para valorar lo que tenemos ante nuestros ojos. De hecho, alguien que desconozca qué es el cristianismo y quién es Cristo, ver la adoración a la Eucaristía le llamara la atención y no encontrará sentido a nuestros ritos, y los verá vacíos. Como pueden ser nuestros actos de culto, vacíos y sin sentido, si no hay un verdadero convencimiento de la presencia real de Dios en la Eucaristía.

Y si lo táctil nos convence, y queremos ser sanado por Dios, en nuestra época, la forma excelente de que Dios extienda su mano y nos sane es a través de la Comunión. Es el mejor modo que el Señor tiene para liberarnos de cualquier mal. Es él mismo quien nos toca y nos sana. No sólo exteriormente, sino también en el corazón. Jesús entra en nosotros y, desde lo más íntimo de nuestro ser, nos devuelve una vida nueva. Nos restituye, nos alimenta y fortalece, nos hace dignos, nos llena de paz y alegría. Resuelve nuestras dificultades, nos santifica, nos vuelve más de Dios. Decía san Agustín: Eso que recibes, en eso te conviertes. Recibes a Cristo, eres Cristo. Y esto requiere fe, y preparación para aprovechar bien éste banquete bendito.

Dejemos que Dios nos toque el corazón, que se haga uno con nosotros, que nos cure y nos salve, nos libere y nos dé una nueva vida. Los problemas no se solucionaran de una vez para siempre, pero tendremos la fortaleza, la luz y la esperanza para resolver y seguir adelante.

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