Reyes

Somos todos Reyes...
Somos todos Reyes…

Lucas 23, 35-43
Después que Jesús fue crucificado, el pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido! » También los soldados se burlaban de Él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo! » Sobre su cabeza había una inscripción: «Éste es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres Tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que Él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero Él no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».
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Cuentan que en un lugar lejano, tal vez por algunos conocido, pero que casi nadie visitó, había un Rey. Siempre daba órdenes y nadie se atrevía a contradecirlo. No era un mal hombre, pero tenía un carácter de los que te hacen dudar antes de hacer una broma cualquiera, o contar un chiste. Había días que no hablaba casi nada. Tal vez porque llevar adelante un reino requiere ser precavido en la toma de decisiones. 

Es verdad que no tenia muchas dificultades internas y tampoco con otros pueblos. La última vez que hubo un conflicto con un reino vecino, resolvieron la disputa con un torneo de caballeros con armaduras y armas simuladas y corteses, para que nadie saliera herido. Por supuesto, este gran Rey del que estamos hablando, salió victorioso, gracias a sus hombres más valientes y con mejor destreza para la lucha.

Un día, aquél Rey, ordenó que se hicieran tantas coronas como habitantes tenía el reino. Algunos pensaron que había enloquecido. Tal vez desea ejercer tanto su poder —comentaban— que necesita una corona para usar delante de cada uno de sus súbditos. Unos pocos prefirieron no cuestionar, ya que para eso era el Rey, y podía hacer lo que le viniera en gana. Los días pasaron y por fin los orfebres terminaron la última corona necesaria. 

Entonces todo el pueblo fue convocado a las puertas del palacio. Salió el Rey al gran pórtico y se detuvo, vistiendo su mejor traje de gala. Observó por un rato a todos los que esperaban saber qué iba a suceder. Mientras, entre la gente y su majestad, había largas mesas llenas de coronas. Todas iguales. Brillantes, como las del propio Rey. Éste se acercó a ellas y tomó la primera que tuvo a mano. Llamó al súbdito que tenía delante y éste se acercó. Nadie entendía nada. Incluso aquél hombre, casi un anciano, al ver lo que el Rey pretendía, se resistió y no quiso recibir la corona. Pero el Rey insistió y, con una mirada firme y decidida, le indicó que inclinara la cabeza. Así, sin mediar palabras o explicaciones, todos fueron coronados. Finalmente el Rey habló.

—Queridos hijos. Hace muchos años que vengo siendo vuestro Rey, pero no fue hasta ahora que entendí cómo hacer de este reino un reino mejor. A partir de este momento, todos somos Rey. 

El bullicio no se hizo esperar. Para algunos se confirmaba el diagnóstico de demencia. Otros no hicieron más que reír. Pero el Rey continuó.

—Algunos dirán que enloquecí, pero no es eso. Es que ahora, si cada uno de vosotros se siente Rey y siente suyo este reino, confío en que también querrán lo mejor para él, como han visto que he pretendido. Si trabajan, trabajan para su reino y no para el Rey. Como buenos reyes, entonces, buscarán el bien común y no el beneficio propio. Lucharán por defender su territorio y serán capaces de hasta dar su vida por él. Nadie será esclavo ni súbdito de nadie, aunque todos siempre tendrán a un Rey al lado a quién atender. Y actuarán según se exige a los reyes.

Al principio nadie sabía qué hacer, pero poco a poco todos se lo tomaron muy en serio. Si alguien pretendía empezar a demandar atenciones de otro, caía en la cuenta de que ese otro también era rey y por lo tanto había que servirle antes que pretender ser servido. Todos reyes y todos súbditos, unos de otros. 

Así es como un reinado se convirtió en muchos, para ser, al final, uno solo lleno de reyes.

Hace un tiempo escribí este cuento, y me pareció que podía servir para reflexionar el evangelio, con el cual celebramos a Jesucristo Rey del Universo. La imagen que nos presenta la palabra de Dios no es de las más alentadoras, por la escena de Cristo crucificado, pero igualmente nos evoca la gloria de la resurrección, la cual pretendemos celebrar algún día con Dios.

Aunque Jesús jamás buscó reino alguno del cual ser soberano absoluto, al mismo tiempo es Rey. Y no porque así dijera la inscripción que tuvo la cruz donde murió, sino porque se identifica tanto con el Reino de Dios, que entiende que su auténtico ser y Dios padre son uno. Si Dios es Rey, Jesús es Rey, pero uno muy especial. Porque no usa su realeza para librarse del dolor de la cruz, sino que acepta lo que es mejor para todos: La salvación por su muerte y resurrección.

Él quiere que todos seamos hombres libres, no esclavos, pero al mismo tiempo siendo capaces de servir por decisión propia, por amor. Entonces, evoco el cuento anterior. Porque todos podemos ser reyes, hombres libre, no esclavos, si aceptamos la misma corona que tiene Cristo, y no precisamente porque sea de oro con esmeraldas y zafiros. Por lo tanto, nuestro ser debe ser igual al de Dios. Y somos todos reyes, pero siendo capaces de servir, de dar la vida por el que tengo a mi lado y que también es rey. Así, sin bajarnos de la cruz para llegar a la resurrección.

Si hay Dios en nosotros, si somos ese Rey, Jesucristo reina en nosotros y en el universo entero. Porque nos identificamos tanto con el reino, que hacemos que reine la justicia, la paz, el amor, la solidaridad. Y como reyes de este Reino divino que somos, debe entonces reinar Dios en nuestra existencia. Esto implica que hay ser ungidos por él, y eso es dejarse habitar por su Espíritu. Si Jesús reina en nosotros, entonces sí celebramos Jesucristo Rey del Universo.

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