
Lucas 17, 11-19
Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros! » Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes». Y en el camino quedaron purificados. Uno de ellos, al comprobar que estaba sanado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano. Jesús le dijo entonces: «¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero? » Y agregó: «Levántate y vete, tu fe te ha salvado».
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“Lampe, su criado, le despertaba invariablemente a las cinco de la mañana. Tomaba un té y fumaba una pipa, la única del día. Leía y preparaba las lecciones hasta las siete, recibía a sus alumnos y después de la clase volvía al estudio para trabajar hasta el mediodía. Realizaba su única comida del día acompañado de un grupo cuidadosamente escogido de invitados. El alegre almuerzo y la conversación subsiguiente constituían su principal acto social y se prolongaban hasta la hora del paseo, que realizaba solo, contando los pasos y respirando por la nariz. La caminata le llevaba hasta la casa de su amigo Joseph Green, con el que pasaba la tarde hasta las siete en punto, momento en el que realizaba el legendario paseo vespertino de vuelta a casa, que servía para poner en hora los relojes. Leía hasta las diez y se dormía, tras un protocolo de relajación de un cuarto de hora en el que procuraba dejar la mente en blanco para evitar que los sueños entorpecieran su descanso nocturno”¹.
Ésta, documentada y tal vez exagerada por la literatura posterior, llena de anécdotas contadas por quienes decían saber de él, es la rutina que se conoce de Immanuel Kant, durante los últimos cuarenta años de su vida. A muchos les puede parecer exagerado o casi una tortura vivir repitiendo en un día, exactamente, cada uno los pasos dados el día anterior.
El evangelio de este domingo nos presenta un milagro, la curación de los diez leprosos. De los cuales sólo uno vuelve a agradecer a Jesús. Éste resalta lo sucedido preguntando si acaso los otros nueve no quedaron también purificados. Y finalmente, elogia la fe del samaritano agradecido por haber quedado sano.
Evidentemente, lo primero que podemos pensar es acerca de la falta de agradecimiento de los que no volvieron y elogiamos al que sí lo hizo. Pero en esto hay que destacar que los diez creyeron y confiaron en Cristo, ya que emprendieron su camino para presentarse a los sacerdotes, como les había pedido Jesús, aún sin estar curados. Es en el trayecto cuando ven que están limpios. Sólo uno vuelve. Los otros nueve, suponemos, siguen adelante para cumplir con lo mandado.
Para los diez leprosos, estar sanos no sólo es sinónimo de vida, de no enfermedad. Significa que pueden ser restituidos a la sociedad, y que no van a pasar más por la humillación de tener que vivir fuera de la ciudad y gritando su dolencia, para que nadie se acerque a ellos. A partir de este milagro, los diez tienen una nueva vida, o recuperan la que tenían, y los sacerdotes eran los que certificaban su salud. Menos a uno, tal vez el entusiasmo los llevó a olvidarse de quién habían obtenido la cura.
En nuestro caso, no podemos menos que pensar que hay situaciones en las que podemos ser como aquellos leprosos, que piden a gritos que Dios se acuerde de ellos y los purifique. Y, gracias a la fe que tenemos, volvemos a nuestra vida cotidiana. Luego -hay que ser honestos- algunos vuelven agradecidos y otros no. Entonces: ¿De qué lado estamos? ¿De los que vuelven o de los que siguen?
En esto, convengamos que para llegar este punto, antes tendremos que haber pasado por la confianza depositada en Jesús, creyendo que él nos puede curar. Y aquí no sólo pensemos en milagros que sanan enfermedades físicas, sino también aquellas dolencias que no pueden recibir ninguna prescripción médica de pastillas o algún jarabe. Hay heridas en el corazón y el alma que nos pueden enfermar mucho y de eso también se nos puede liberar.
¿A dónde vamos con todo esto? En primer lugar a renovar la fe, la confianza puesta en Dios. No tengamos miedo de pedir a gritos lo que necesitamos, pero sobre todo esperemos y creamos que podemos ser curados. Luego vendrá el hacer aquello que se nos manda. Y ya vemos que incluso este hacer puede ir antes de que suceda la curación. Es, tal vez, parte del ser sanados. Y esto significa que hay que hacer el esfuerzo por realizar aquello que Dios nos pide. Luego vendrá el agradecimiento, que no puede faltar. Y tiene que ser profundo, como el del que vuelve a postrarse delante de Cristo. El es un samaritano que, con ese gesto, está reconociendo respeto y veneración hacia la persona de Jesús. Es un acto con connotaciones divinas. Y en esto no podemos fallar. Es como completar el círculo.
Antes les citaba la rutina de Kant. Y es verdad que tal vez nada tengamos de todo aquello, pero sí me quedo con la palabra, rutina, en la que no debemos caer. Es que como cristianos estamos llamados a descubrir, día a día, la novedad de Dios. Un descubrir que genera nuevas formas y actos en nuestra vida, relacionados con ese reconocer la divinidad en nuestra existencia. Y este es el modo en que actúa el samaritano. Él se descubre limpio, nuevo, restituido, con dignidad, aceptado y ese reconocimiento de lo nuevo en su vida es lo que lo mueve a desvelar la acción y aceptación de Dios en su corazón. Encuentra la novedad de Dios en su vida.
En nuestro caso, deberíamos mirar con ojos limpios y percibir lo bueno y novedosos que hay en nosotros y que el Señor nos da y facilita. No podemos ser cristianos de rutina y de ritos bien realizados. Estemos atentos de no caer en una rutina religiosa que se limite a cumplir con aquello que está mandado. Y, aunque no estemos enfermos o necesitados, no dejemos de buscar y redescubrir a Dios en lo que somos. Él siempre es novedad.
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Ivan Bercedo, Jorge Mestre, El sueño del reloj de Immanuel Kant, Revista Ñ digital, Especial La Vanguardia y Clarín.

