Tenemos que superar nuestras expectativas...
Tenemos que superar nuestras expectativas…

Lucas 10, 38-42
Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude». Pero el Señor le respondió: «Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, una sola cosa es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada».
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Este breve evangelio del domingo me ha hecho pensar en muchas temas, y me pareció que nos puede servir, como punto de partida para la reflexión, la película Invictus. Ésta nos cuenta acerca de cómo el Presidente Nelson Mandela se alía, con el capitán del equipo de rugby de Sudáfrica, para ayudar a unificar el país. Esto supuso un gran cambio en el orden social. Así, con este escenario, creo que podemos pensar en la Palabra de Dios de este domingo.

Tenemos a Jesús que llega a la casa de Marta. María, hermana de aquella, se sienta a los pies del recién llegado, para aprender lo que éste tiene que decirle. La dueña de casa se afana con los quehaceres del hogar y se queja de que su hermana  menor no le ayuda. Cristo, que no se enfada con Marta, pero sí  deja claro que María eligió la mejor parte y que no le será quitada.

Aquí podríamos sacar a la luz algunas conclusiones rápidas y ciertas, como que la escucha contemplativa de la Palabra de Dios es prioritaria. También podríamos agregar que la acción, o la actividad, no pueden alienarnos y mucho menos quitarnos la paz. Además, entendemos que hay cosas que, aunque parezcan, no son tan importantes como las que Dios tiene para ofrecernos. Todo esto es correcto. Afirmamos entonces, parafraseando a Cristo, que la mejor parte es la de María, y por lo tanto es lo que tenemos que aprender y adoptarlo para nuestras vidas.

Sin embargo, me atrevo a decir que aquí Jesús nos está dejando un mensaje más extenso. Incluso muy directo a la Iglesia entera. No sólo a las comunidades cristianas de aquél tiempo. Y lo primero que podemos tener en cuenta es la igualdad que Dios quiere. Esto se desprende de la escena que el evangelista Lucas relata: María está sentada a los pies de Jesús. Aquél lugar, según las tradiciones de la época, estaba reservado para los discípulos, es decir, para los hombres. No para las mujeres. Sin embargo, Cristo deja, y quiere, que María ocupe ese sitio. Además, defiende esa situación y no quiere que cambie. Marta, por otro lado, es la que está correcta y socialmente bien ubicada. Sabe y cumple con el rol que le toca. El de la mujer. Debía atender al visitante y su función era ocuparse de los menesteres del hogar. Esto último, seguro que lo estamos calificando de machista. Y lo es. Pero la sociedad de aquél entonces funcionaba –y funciona, me parece– de ese modo. Y en esto vemos que Jesús respeta ese orden social, pero al mismo tiempo amplia las posibilidades que, en este caso la mujer, podía tener.

Nosotros, cristianos, como Iglesia, no podemos menos que pensar en nuestro orden social, civil y eclesiástico. Creo que deberíamos repensar, si es necesario, muchas de nuestras formas y posturas y buscar una igualdad real, querida por Dios. Y aquí entran tantos temas como podamos imaginar: Igualdad de oportunidades, de justicia, de acceso a los servicios públicos, igualdad racial, igualdad entre varón y mujer, igualdad social, igualdad eclesial. Y esta es una de las tareas y misión que tenemos los bautizados: Que esto se haga realidad.

Aquella película, Invictus, hace referencia a la capacidad, tal vez única, de Nelson Mandela, para lograr la unidad del país. Él es capaz de salir del encierro de una clase social y mirar más allá. Busca el perdón, entre los blancos y los negros, para fundar sobre él un nuevo orden social. Si aquél presidente, como muchos políticos, sólo se hubiera abocado a defender a los de su clase, a los negros, nunca hubiera logrado superar el apartheid.

Si ustedes me permiten, en nuestro caso, teniendo en cuenta el evangelio de este domingo, deberíamos escuchar la voz de Jesús, y comprender lo que desea. Quiere que aprendamos a superar nuestras diferencias, y que busquemos y defendamos una verdadera equidad. Esto requiere considerar al otro como una persona en igualdad de condiciones. Y si no las tiene, debemos dárselas, y procurar que eso se mantenga. Y, por poner un ejemplo, algo cuestionado desde hace mucho tiempo, en la Iglesia tal vez sea bueno plantearse el tema de la ordenación de mujeres, como sacerdotisas. Sabemos que hay fundamente bíblicos y teológicos, acerca de este tema, para que las cosas estén como están. Pero es algo que, tal vez, debería replantearse. La Iglesia, si quiere dar respuesta a la realidad de esta época, debe también buscar su mejor posición, su mejor y renovado orden eclesial, con tal de poder superar las barreras de la desunión y el desamor.

Queremos un mundo nuevo, fundado en la Palabra de Dios. Y para esto es necesario empezar por sentarse delante de Dios para escucharlo, para aprender de él, para descubrir los caminos que quiere que andemos, con tal de llevar su mensaje de vida adonde sea preciso. Por consiguiente, después habrá que convertirse en Marta, dejando de ser sólo María, y actuar. Y para lograr que esto sea realidad, en palabras de Nelson Mandela, la Iglesia entera, es decir nosotros, poniendo la confianza en Jesús, tenemos que superar nuestras propias expectativas.

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